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Vega de Gordón

> Localización.

La localidad de Vega se encuentra a unos 2,5 Kms. de la capital del Concejo, La Pola. Limita sus terminos por el N. y por el E. con Santa Lucía, por el S. con La Pola y por el O. con Buiza.
Pero para los límites de su casco urbano, sus fronteras naturales están vigiladas por gigantes orográficos: al norte, un macizo de cinco peñas, en perfecta formación, que del este a oeste son: la de La Cruz, los Recuencanos, el Sordo, la Fuente y San Juan, resguardando la población de los fríos del norte; y al sur, con la misma ordenación, las peñas se convierten en escabrosos paredones, citándose entre ellas el Sardonal, Pilacente, las Viescas o el Castro. Y en el cuenco, entre los límites descritos que todas las peñas forman, se levanta, en las faldas meridionales de las peñas la Fuente y del Sordo, el poblado, con su mirada al mediodía, siguiendo el paso de la carretera que se atreve a separar la vega, regada por el ancestral Bernesga, cuya fertilidad fue dádiva que mantuvo a este pueblo en otros tiempos.
Destaca como peculiaridad más significativa su trazado urbano, a espaldas de la carretera, sus recoletas y estrechas calles con vericuetos trazados van flanqueadas por construcciones en piedra vista fundamentalmente de dos plantas, conformando un entorno ambiental histórico que nos traslada a tiempos remotos, aspectos que deben decuidarse y mantenerse, pues, a mi entender, deben de formar parte del patrimonio cultural de Gordón.

> Etimología.

La etimología de la voz “Vega”, topónimo de esta localidad, está relacionado con el medio físico y contiene claros valores célticos, anteriores al cristianismo. Su significado no sería otro que “sitio ribereño” o “ribera”.

> Historia.

Sus primeros pobladores, probablemente, se asentaron aquí movidos tanto por la proximidad de los terrenos más fértiles del concejo, “la vega”, como por las aguas potables que fluían magnánimamente de su “fuente”. Pero el verdadero impulso como población le sobreviene cuando el camino se convierte en carretera entre León y Asturias. A partir de entonces recalan aquí, por ejemplo, los habitantes de la desaparecida población ubicada en el paraje conocido como “Canto de San Juan”, de cuyo poblado aún existen restos arqueológicos evidentes, tanto de su iglesia, como de las casas de sus moradores, o, también, de una necrópolis cuyo carácter es claramente medieval.
La pequeña iglesia de aquel poblado se mantuvo erguida hasta bien entrado el siglo XX, advocada, en sus últimos tiempos, a san Juan Degollado y que era acompañado en la devoción por santa Sabina y santo Toribio, su arcaica construcción, conocida como “ermita de San Juan”, se levantaba en piedra caliza y estaba trabada con mampuesto de cal y arena sobre un rectángulo de unos 11 x 6 metros, disponía de una sola nave de medio cañón y cubría a dos aguas con teja árabe llevando su espadaña una ojiva para albergar la campana. Fue destruida, según la tradición oral, por un incendio, y albergó la cofradía de esta localidad cuyo mayordomo era elegido entre los vecinos del pueblo. Dicho mayordomo, además de administrar las fincas que aquella institución poseía, patrocinaba la celebración de una romería anual en los prados del entorno, tradición actualmente en desuso.
Pero su construcción más emblemática, sin duda, es su iglesia parroquial, en otro tiempo aneja a la de Beberino, cuya advocación se dedica a “Nuestra señora de la Vega”. Su edificio, levantado a finales del siglo XVII, si bien no presenta relevantes signos arquitectónicos, no está exenta de interés. En su construcción se emplea piedra caliza trabada con mampuesto y se alza en una sola nave que va dividida en tres tramos, con un pseudo crucero, donde se alojan los brazos y la cabecera. Toda la nave se cubre con bóvedas de cañón reforzada con arcos, pilastras e impostas de sillería. Su espadaña, a los pies, es de tres cuerpos, ocupando los últimos las campanas cuyo sonido ha volado y doblado a generación tras generación. Su vista exterior nos muestra, claramente, su estructura interna a la que hemos de sumar el pórtico.
Al rastrear en los archivos sobre Vega aparecen una serie de documentos, que revelan, en parte, la idiosincrasia de sus moradores. Entre ellos algunos de los producidos en el siglo XVII, cuyos originales forman parte del Archivo del Condado de Luna. De su contenido se desprende como los habitantes de esta localidad, en dos ocasiones, pleitean defendiendo, en una de ellas, su economía y, en la otra, su dignidad.
El primero es un pleito que se plantea contra el “Condado de Luna”, en aquella época subordinado al título de conde-ducado de Benavente, demandando el sobreseimiento de las contribuciones anuales que pagaban a dicho condado y que se denominaban del “pan del pedido” y de la “yecha”. Que se sustancia en contra de los vecinos de Vega y de los pecheros de Gordón.
El segundo de los pleitos de Vega se plantea contra el “Concejo General de Gordón”, ante la exigencia de éste de restarle los privilegios adquiridos remotamente. En él se intenta dirimir sobre los privilegios que amparaban a los vecinos de esta localidad de estar exentos y libres para servir como “aguaciles”, “alcaldes de cáñamas” o “andadores del concejo de Gordón”, el documento que lo acredita data de 1628 y se expresa en un legajo que contiene 120 hojas en las que se recogen los pormenores de este asunto.
Habíamos dicho que el trazado urbano de Vega estaba de espaldas a la carretera, y lo mantenemos, pero, lo que hoy y en el siglo XX es un importante eje de comunicación con Asturias, en siglos pasados no era más que un camino de acceso a las localidades insertas a orillas arriba del Bernesga, puesto que la ruta principal no pasaba a los pies de esta localidad. Desde La Pola, lugar donde ancestralmente el condado de Luna cobraba su “portazgo”, la carretera se bifurcaba y en vez de seguir por su trazado actual, a orillas arriba del Bernesga, se encaminaba –la principal– al noroeste, pasando por Beberino y Buiza, lugar donde tradicionalmente los viajeros paraban a hacer noche desde el principio de los tiempos hasta mediados del siglo XIX, para continuar más tarde hacia Asturias.
La modificación del trazado es favorable a seguir el cauce del Bernesga, y se debe, principalmente, a las reformas de arreglo y mejora que se producen en los años 1831 y 1843, con ellas, definitivamente, la carretera a Asturias abandona su paso por Buiza para continuar desde La Pola de Gordón, por Vega y Santa Lucía a Villasimpliz.
Estos cambios en el trazado de la carretera, adoptan, en un primer momento, el siguiente recorrido: después de abandonar La Pola continuaba su ascenso por la margen derecha del Bernesga introduciéndose en el cuenco por la estrecha hoz que producen el Castro y las Biescas y, allí mismo, cambiaba de orilla por el puente de “Las Baleas”, de fábrica barroca que lamentablemente hoy vemos arruinado, puente de dos ojos realizado en sillería muy cuidadosa, que aún mantiene en buen estado la pila central y los estribos; este paso estuvo en uso hasta la guerra del 36 cuando fue volado. Pasado el mismo la carretera seguía recta por “la vega” hasta llegar al pago de los Adiles y allí, antes de tropezarse con la peña del Castro, ya en las proximidades de Santa Lucía, otro puente, también en sillería con apariencia medieval, que es el que hoy nos conduce a Faya, nos cambiaba de orilla para obviar los lisos que la peña de la Cruz tiene a los pies de lo que fuera cuartel de la Guardia Civil, el puente mantiene también la pila central y los estribos, pero, como en el caso anterior, ha perdido las bóvedas, manteniendo, a diferencia, el paso sobre un tablero.
Es de destacar el uso del forcao por los habitantes de esta localidad, pues no olvidemos que una parte importante de sus fincas lo están a sus espaldas en cotas de altura superiores al poblado. Lo empinado de sus montañas, la estrechez de sus caminos al pasar por las hoces que comunican los valles concluyen con el uso predominante de “el forcao”, aún se perpetúa su existencia por los desgastes que sus “calzaduras” ocasionaron en su paso reiterado por los caminos empedrados que cruzan aquellas hoces entre el pueblo y los prados de Quintanar o Villarín.
 
Texto: Don Pío Cimadevilla Sánchez.

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